El punto de partida no fue diseñar un museo sobre el agua, sino preguntarnos si la arquitectura podía producir una experiencia tan sensible y tangible como el mar. La respuesta no podía depender solamente de vitrinas, textos o piezas expuestas: debía aparecer en el recorrido.

Axonométrica del Museo del Agua
El edificio se organiza alrededor de un vacío acuático central.

El recorrido como contenido

Los cambios de altura, los reflejos, el sonido y los filtros cromáticos convierten cada desplazamiento en una forma de interpretación. El visitante no observa el agua desde afuera: construye una relación gradual con ella.

La arquitectura no representa el mar. Construye las condiciones para sentirlo.
Interior del Museo del Agua con filtros de color
Color, sombra y movimiento modifican la percepción del espacio.

Un horizonte interior

El gran vacío central conecta los programas y permite que el agua aparezca desde múltiples posiciones. La experiencia culmina en la terraza, donde el recorrido vuelve a encontrarse con el horizonte real de Mar del Plata.